12 ene. 2026

Familias ensambladas: los desafíos emocionales que casi no se hablan

Las transformaciones sociales de las últimas décadas modificaron de manera significativa la estructura familiar tradicional. Separaciones, divorcios, nuevas uniones y maternidades o paternidades posteriores dieron lugar a una realidad cada vez más visible, las familias ensambladas.

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Hogares donde conviven hijos de distintas relaciones, nuevos roles parentales y vínculos que deben construirse desde cero, muchas veces sin herramientas ni acompañamiento suficiente.

Aunque este tipo de familia es cada vez más común en Paraguay, los desafíos emocionales que implica siguen siendo poco conversados. Predomina la expectativa de que la convivencia funcione de manera armónica en poco tiempo, cuando en realidad se trata de un proceso complejo, atravesado por historias previas, pérdidas no resueltas y emociones contradictorias.

La psicóloga clínica y terapeuta familiar Lic. Laura Benítez explica que una familia ensamblada no comienza desde un punto neutro. “Cada integrante llega con una carga emocional previa: duelos por la separación, enojos, miedos y, en muchos casos, heridas que todavía no cerraron. Pretender que el nuevo vínculo borre el pasado suele generar más conflicto que bienestar”, señala.

Uno de los aspectos más delicados es el lugar emocional de los hijos. Niños y adolescentes no solo deben adaptarse a una nueva dinámica cotidiana, sino también reorganizar sus lealtades afectivas. Según la especialista, es frecuente que experimenten culpa por sentirse cómodos con el nuevo integrante adulto o temor a traicionar al progenitor que no convive con ellos. “No es rechazo, es confusión emocional. Muchas veces los adultos lo interpretan mal”, aclara.

Roles, límites y expectativas poco realistas

El rol del padrastro o la madrastra es otro de los grandes desafíos dentro de estas familias. En muchos casos, se espera que cumplan funciones parentales sin haber tenido el tiempo necesario para construir un vínculo previo.

“El afecto no se impone. El respeto y la confianza se construyen antes que el amor, y eso debería ser suficiente al inicio”
psicóloga clínica y terapeuta familiar Lic. Laura Benítez.

A esto se suman las diferencias en los estilos de crianza. Cada adulto llega con su propia manera de educar, corregir y acompañar, lo que puede generar contradicciones y tensiones internas. La falta de acuerdos claros sobre normas, límites y responsabilidades suele derivar en conflictos recurrentes que afectan el clima emocional del hogar.

Otro punto sensible es la comparación entre hijos biológicos y no biológicos. Aunque muchas veces no se verbaliza, los niños perciben diferencias en el trato, lo que puede generar sentimientos de exclusión, celos o inseguridad. “Los chicos son muy sensibles a las desigualdades, incluso a las más sutiles”, advierte la especialista.

El desgaste emocional de los adultos

Los adultos que integran familias ensambladas también enfrentan una fuerte carga emocional. Culpa por no lograr la armonía deseada, miedo a equivocarse, frustración y agotamiento son emociones frecuentes, pero poco expresadas. Existe una presión social por demostrar que la nueva familia funciona, lo que lleva a silenciar conflictos y minimizar el malestar.

“La idea de que el amor todo lo puede es peligrosa cuando no se acompaña de diálogo y paciencia. Amar no significa que no haya dificultades”, señala Benítez. Ignorar los conflictos o evitarlos para no generar tensión puede, a largo plazo, profundizar las distancias emocionales.

Comunicación y acompañamiento profesional

La especialista destaca que la comunicación abierta es una herramienta central para atravesar estos desafíos. Hablar de lo que incomoda, validar las emociones de cada integrante y aceptar que el proceso requiere tiempo permite reducir tensiones y construir vínculos más sólidos.

Asimismo, recomienda que la pareja que lidera el hogar funcione como un equipo, con acuerdos claros y coherentes. Esto brinda seguridad emocional a los hijos y evita mensajes contradictorios.

En muchos casos, la terapia familiar o de pareja se convierte en un espacio clave para ordenar roles, trabajar los duelos pendientes y mejorar la convivencia. “Pedir ayuda no es un fracaso, es una forma de cuidado”, enfatiza la psicóloga.

Un modelo familiar en construcción

Lejos de ser una excepción, las familias ensambladas forman parte del presente y del futuro social. Reconocer sus desafíos emocionales no implica cuestionar su validez, sino comprender que requieren tiempos, estrategias y miradas distintas.

Hablar de estas realidades, dejar de idealizar la convivencia perfecta y habilitar espacios de diálogo puede marcar la diferencia entre un hogar atravesado por el conflicto y uno capaz de construir vínculos saludables. “No se trata de parecer una familia, sino de convertirse en una, paso a paso”, concluye Benítez.

¿Qué dice la ley en Paraguay?

En Paraguay no existe una normativa específica que regule de manera exclusiva la figura de las familias ensambladas o los derechos de padrastros y madrastras en relación con los hijos de un cónyuge o conviviente. Sin embargo, las normas generales de familia y de protección de la niñez y la adolescencia establecen principios que inciden directamente en estas situaciones.

La Constitución Nacional paraguaya reconoce a la familia como base de la sociedad y promueve su protección integral, así como el deber del Estado, la sociedad y la familia de garantizar el desarrollo armónico de los niños y adolescentes.

Por su parte, el Código de la Niñez y la Adolescencia (Ley Nº 1680/2001) establece que toda medida que se adopte respecto de niños y adolescentes debe basarse en su interés superior, respetando sus vínculos familiares, educación y desarrollo integral. En casos de conflicto sobre convivencia familiar, la ley reconoce que los niños tienen derecho a convivir con sus padres, salvo que esta convivencia sea perjudicial, y que el juez debe oír su opinión según su madurez.