Los más recientes datos de la Encuesta Permanente de Hogares Continua 2025, presentados por el Instituto Nacional de Estadística (INE), revelan que las mujeres han superado ligeramente a los hombres en años de estudio, pero siguen quedando atrás cuando se trata de ingresos y oportunidades dentro del mercado laboral.
Educación como herramienta de progreso, pero sin recompensa proporcional
La formación académica se convirtió en uno de los principales caminos de superación para las paraguayas. Actualmente, las mujeres de 15 años y más alcanzan en promedio 10,3 años de escolaridad, mientras que los hombres registran 10,1 años. Esta diferencia, aunque pequeña, refleja un cambio histórico en el acceso femenino a la educación.
Cada vez más mujeres concluyen la educación media e ingresan a universidades, institutos técnicos y programas de capacitación, apostando por un futuro laboral más estable. Sin embargo, este esfuerzo no se ve recompensado de manera justa. La desigualdad salarial persiste incluso entre personas con niveles educativos similares, lo que demuestra que el problema va más allá de la formación académica.
Ingresos más bajos pese a igual o mayor preparación
El informe del INE indica que una mujer ocupada percibe en promedio G. 2.767.000 al mes, mientras que los hombres alcanzan alrededor de G. 3.640.000. La diferencia supera los G. 870.000 mensuales, una cifra significativa dentro del contexto económico paraguayo.
Esta brecha no solo limita la capacidad de ahorro y consumo de las mujeres, sino que también afecta su acceso a vivienda, salud privada, educación de calidad para sus hijos y oportunidades de emprendimiento. Especialistas en temas laborales señalan que esta desigualdad se origina en múltiples factores, como la segregación ocupacional, la informalidad, la menor presencia femenina en cargos jerárquicos y la sobrecarga de tareas domésticas no remuneradas.
El rostro femenino del empleo en sectores de baja remuneración
Aunque la participación laboral femenina aumentó, la calidad del empleo continúa siendo un desafío. Más de 1,4 millones de mujeres se encuentran actualmente ocupadas, lo que representa una tasa del 60,8%. Sin embargo, la mayoría se concentra en rubros con ingresos limitados.
Una de cada tres trabaja como empleada u obrera del sector privado, muchas veces en condiciones precarias o con escasa protección social. Casi otro tercio se desempeña por cuenta propia, en pequeños negocios, ventas informales o servicios independientes, donde los ingresos suelen ser inestables.
El trabajo doméstico remunerado, que ocupa al 15,9% de las mujeres, continúa siendo uno de los sectores con menor salario y mayor vulnerabilidad laboral. A esto se suma un 7,2% que trabaja dentro del entorno familiar sin recibir pago, una situación que refleja la invisibilización del aporte económico femenino.
Por otro lado, solo el 3,1% logra posicionarse como empleadora o propietaria de emprendimientos formales, evidenciando las barreras para acceder a capital, créditos y redes empresariales.
Jefas de hogar frente a una economía desigual
Uno de los datos más impactantes del estudio es que el 38,5% de los hogares paraguayos está encabezado por una mujer. Esto significa que más de un tercio de las familias dependen principalmente de ingresos femeninos.
En este escenario, la brecha salarial adquiere una dimensión aún más crítica. Cuando una mujer gana menos por el mismo trabajo o se ve limitada a empleos de baja remuneración, no solo se afecta su desarrollo personal, sino también la estabilidad económica de sus hijos y familiares a cargo. Esto contribuye a la reproducción de ciclos de pobreza y desigualdad social.
Una población fundamental para el crecimiento del país
Las mujeres representan el 49,8% de la población paraguaya, casi la mitad del país. Su aporte a la economía, la educación y el desarrollo social es incuestionable. Sin embargo, las cifras demuestran que todavía enfrentan obstáculos estructurales que limitan su pleno desarrollo económico.
Organismos sociales y especialistas coinciden en la necesidad de fortalecer políticas públicas que promuevan igualdad salarial, acceso a empleos formales, capacitación continua, créditos para emprendedoras y corresponsabilidad en las tareas del hogar.
La realidad muestra que el desafío ya no es solo que las mujeres estudien más, sino que ese esfuerzo se traduzca en condiciones laborales dignas, salarios justos y oportunidades reales de crecimiento. Solo así la igualdad dejará de ser una aspiración y pasará a convertirse en una realidad concreta para el Paraguay.