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14 de Abril, 2012 | Desde mi biblioteca

Verano del 42: Dorothy por siempre, aunque nunca la volvamos a ver

Una ligera llovizna acompañaba el atardecer del domingo 8. Se me acerca a mi mesa habitual del Coffee Shop del patio de comidas del Villamorra Shopping un antiguo conocido. Pasaron varios años desde la última vez que compartimos un café.

Después de los obligatorios comentarios sobre otros tiempos, se animo a confesarme que andaba detrás de  una  foto. Hizo una pausa. Revolvió con la cucharita el café con leche que casi no había probado,  echó una ojeada distante a la gran cantidad de gente que seguía con ansiedad el partido entre Olimpia y Sportivo Luqueño me dijo, como quien no quiere la cosa, que la foto que deseaba encontrar era la de una  jovencita, solamente que correspondía a cuarenta años atrás.

No hizo que le hiciera más preguntas. Siguió como un peregrino que desesperadamente quiere llegar a una posada para encontrar algo de calma. Esa señorita tenía entonces unos 14 años, él unos 16 y fue su amor imposible. Jamás la volvió a ver. Andaba dando vueltas a la cabeza un  plan para llegar hasta el colegio de ella y con algún pretexto, pedir que le muestren las fichas del curso de ella de ese año. Sólo para verla tal como era.

 

Justamente la noche anterior, el sábado 7, asediado por un ataque de nostalgias diversas, decidí volver a ver la película Verano del 42. Dirigida por Robert Mulliganen 1972, está basada en las memorias del escritor Hermann Raucher.  En aquel año de 1942, tres adolescentes-Hermie, Oscy y Benjie- pasan el verano en una isla frente a la costa noreste de los EE.UU. Allí también se encuentra  Dorothy, una joven mujer de unos 24 años, cuyo novio está peleando en uno de los frentes de batalla de la Segunda Guerra Mundial. Hermie y Dorothy traban amistad. Un día ella recibe la peor noticia. El  novio murió en combate. Ese día, ella y Hermie hacen el amor, eran dos almas que por diferentes motivos querían encontrarse, una por el amor perdido, el otro por el final de la inocencia. Después de aquel verano, Hermie nunca volvió a ver a Dorothy.  El tema musical de la película, The summer knows, de Michel Legrand, más que cautivador por el tono de la melancolía de lo que se fue para siempre, ganó el Oscar a la mejor música original. La bellísima  Jennifer O´Neill representó el papel de Dorothy y Gary Grimes fue Hermie.

 

Una vez que se presentó la película, Haucher, quien había vivido esa historia con la verdadera Dorothy, puso avisos en la prensa buscando a aquella Dorothy. Le escribieron varias mujeres, hasta que recibió una carta con detalles muy íntimos. Supo que esta sí era aquella mujer con la que transito desde la adolescencia a la adultez. Quiso volver a verla. La respuesta de Dorothy no dejó lugar a dudas: le dijo que se alegraba de saber que estaba bien pero que era preferible que el pasado quedará allá lejos. Cada cual había seguido su camino.

 

Le comenté esta película al conocido que durante todo el relato no pudo tomar ni siquiera un sorbo de café. Sólo me dijo que había entendido el mensaje, que buscaría la película, que quizás, en determinadas circunstancias de la vida es mejor dejar definitivamente atrás ciertos sentimientos y vivencias.

 

De todas formas, no sé si después, desde el lunes 9 siguió buscando la estrategia para llegar a la foto de su antigua enamorada. Sólo recibí un mensaje de texto el jueves 12. Me decía que consiguió la película y la vería el fin de semana.

 

No sé si volveré a ver a este conocido en algún otro domingo. De algo estoy seguro, aquello que alguna vez amamos, permanece para siempre en alguna parte de nosotros.

 

Uno de los mejores dramaturgos estadounidenses del siglo pasado, Tenesse Williams, autor de obras maestras como Un tranvía llamado deseo o La noche de la iguana, dice en El zoo de cristal que el tiempo es la mayor distancia entre dos lugares.

 

Tal vez, precisamente por esa razón, por la incansable búsqueda humana de lo que iluminó nuestras vidas ayer, pese al largo tiempo transcurrido, deseamos volver una y otra vez a ese paraíso perdido.

 

Que eso sea imposible no hace que renunciemos al intento.

 

 

Carlos Martini

Sociólogo y periodista.

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