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06 de Mayo, 2010 | Desde la calle

Una gran mujer…

Desde hace 28 años conozco a una humilde y soñadora mujer. Es cristiana, paraguaya, patriota a su manera. Su niñez, no fue fácil. Apenas pudo terminar el sexto grado en una escuela pública, sin poder iniciar el colegio, como ella anhelaba, como anhela todo el mundo.

Creció en medio de la pobreza, de la necesidad, en un barrio marginado por el Estado, pero con dignidad y amor. Su adolescencia fue similar. Sus hermanos tuvieron igual suerte.

A los 17 años, enamorada… se unió sentimental y legalmente a un hombre cinco años mayor a ella, con quien hasta hoy, lleva adelante la batuta de su casa, en Villa Elisa.

Por los caminos de la vida, a su hogar, cuando su único sustento económico era la venta –a pie– de masitas dulces por los barrios, llegó un varoncito, tres años después el segundo hijo y así… hasta completar cinco retoños, tres varones y dos nenas. Todos ellos están orgullosos de tenerla como madre. En vida le rinden admiración, respeto y le dan mucho amor.

Durante la crianza de sus pequeños, tuvo momentos muy difíciles que le impuso la vida cotidiana, algunos de impensada solución. Pero su fe en Dios, su sacrificio humano y su voluntad espiritual de crecer, la hicieron de hierro y pudo soportar todas las pruebas que aparecieron por su ruta. Nunca se rindió y luchó siempre para que en su hogar no falte el pan de cada día, y una educación llena en valores.

Todos sus hijos tuvieron techo y pasaron por las aulas de una institución educativa, gracias al sudor de su frente, ya que hasta hoy, y muy a pesar del cansancio físico, se levanta cada madrugada, alimenta a toda su familia, y luego de despedir a cada hijo con un beso, se apresta a caminar varias cuadras para tomar el colectivo e ir al mercado de San Lorenzo y colocarse en la calle para ofrecer sus productos, propios de la temporada.

De por sí, esta ajetreada actividad es pesada de llevar. Son múltiples funciones al mismo tiempo, en una sola persona. Sin embargo, desde el 2004, decidió retomar sus estudios secundarios.

Después de 28 años de haber dejado la escuela, volvió a pisar un colegio, un aula, no como madre, sino como una alumna más, donde asistió a clases en donde estuvieron al frente profesores menores a ella en edad.

Sin descuidar su hogar, ni su trabajo, rindió y pasó el ciclo de la Escolar Básica. Luego se animó a más… empezó el bachillerato de tres años, con compañeros también menores a ella, y lo culminó, pasando a formar parte de los nuevos egresados del sistema educativo.

A diferencia de cuando iba a la escuela en edad regular, allá por los años 70, en este nuevo siglo se enfrentó a la arbitraria globalización, a la insensible sociedad del tecleo, a la influyente era del internet. Y con todo esto en su contra, esta señora… igual se puso a la vanguardia.

Su carrera no terminó allí…, en el colegio. No se conformó con ser un bachiller. Su nuevo desafío era pisar la facultad, y al inicio de este 2010, cumplió su sueño de joven: ser una universitaria. Hoy cursa el primer año para formarse como escribana, en su nueva meta personal.

Le siento una gran admiración a esta persona, que desde tempranas horas de la mañana hasta la tarde, todos los días, en medio del ruido ensordecedor de miles de vehículos que pasan por San Lorenzo, del calcinante calor, de la estropearnte lluvia o del desagradable frío, abre su puesto de trabajo, y allí, estudia y aprende sus lecciones de gruesos libros para ser una excelente profesional.

Su testimonio de vida me sirve de ejemplo de que se puede aquello que deseamos, que parece lejano, que parece imposible… cuando se quiere y se hace.

Esta persona se llama Natividad Ávila…, le debo mi vida, es mi madre. En su nombre va mi homenaje a todas las mujeres de este país, que están de parabién en mayo.

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