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21 de Octubre, 2011 | Desde mi biblioteca

Solo para nostálgicos: Trenes, barcos y vivencias de ayer

“Carlos, en esta mañana de domingo puedo imaginarme hace unos cuarenta años en Coronel Bogado. Te cuento. El tren internacional llegaba desde Asunción antes de proseguir hasta Encarnación los martes y jueves a las 9 de la mañana. Los sábados pasaba a las 2 de la tarde y los domingos a las 9 de la mañana. Tenían vagones de clase A, B y C. Era todo un acontecimiento. Me acuerdo del gran negocio de las chipas. La argolla más grande se vendía a unos 60 guaraníes. Venían envueltas en papel madera. Me parece verla a Ña Pulé, la que fundó la chipería el Gordo. Qué recuerdos y que tristeza al ver como está hoy esa estación”. Este era el relato de Julio Maciel desde Paraguarí el pasado domingo16 apenas comenzado nuestro programa Domingos Contigo en Cardinal Romance.

En todos nosotros habita el pasado de una forma ambigua, con pesares y alegrías, pero en ciertos momentos, necesitamos mirarlo con  benevolencia, como queriendo seleccionar aquello que nos dejo marcas de alegrías que nos negamos a que se hayan quedado recluidas en el ayer.

Ese  mismo domingo, fue el de los recuerdos de los viajes en tren y en barcos. Los oyentes se remontaban a los cuarenta, cincuenta y sesenta del siglo  pasado. 

Así fueron varios los que mencionaron aquellos señoriales barcos que surcaban el río Paraguay hacia el norte y hacia el sur. Y volvieron desde el ayer, como fantasmas que están en algún rinconcito del alma, los nombres del Anita Barthe, el muy mencionado Pingo, el Cruz de Malta, el Toro, el Iris o el Pirapó. Me contaron los oyentes que los dos grandes empresarios del ramo eran Luís Cattaneo y Luís Camior.

Mercedes Díaz, otra de las oyentes que llamó, parecía revivir aquellos años 1958 y 1959 cuando en el Pingo iban con la mamá a Pilar a visitar a su papá que era gerente de un banco en esa localidad. Me mencionó los elegantes camarotes, el restaurante del barco y que los postres, dependiendo de un día u otro podían ser arroz con leche, queso con dulce de guayaba o bananas. El viaje a Pilar duraba dos días.

Para los que iban hacia el norte me contó Arsenio Pascottini que a la  altura de Villa Hayes se encontraba un almacén de ramos generales, la Comercial Pascottini que les surtía de mercaderías. Un canoero de apellido Morel les acercaba las mercaderías desde la playa.

Y en el medio de esos relatos de barcos y trenes llama Victorio Ortíz y me cuenta que él cantaba en la orquesta de Rudy Heyn en esos años cincuenta en el elegante Salón Blanco de la Confitería Vertúa en la calle  
Palma, en esos bailes mañaneros que se iniciaban  las 10:00.

En otro momento llama Marta Narvaez quien estaba en compañía de Gloria Aponte de Ivanauskas y me informa que la dueña del célebre cine Naciones Unidas, que hasta hace unas décadas estaba en la esquina de Malutín y Mcal López, era Luísa de Butreloff. Ese es uno de los cines más mencionados por los nostálgicos de la Villa Morra de otros tiempos.

Al recordar los aluviones de nostalgias de cada domingo a la mañana en Cardinal me encuentro, en esta tarde de viernes 21 cuando estoy redactando estas notas que contienen el color sepia de lo añejo, con una frase de la escritora española Elvira Lindo. “ La nostalgia embellece lo perdido y crea símbolos donde no nos hay pero ese temor a la cursilería no debiera tampoco convertir en prosaico aquello que fue conmovedor”.

Somos nuestros recuerdos, lo que perdimos, lo que revivimos en las notas de un bolero, una balada o un tango, quizás, porque como decía el poeta español Antonio Machado, sólo de lo perdido canta el hombre.

 

Carlos Martini

Sociólogo. Docente. Periodista.

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