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19 de Mayo, 2012 | Desde mi biblioteca

Rita Hayworth: La desgracia es que los hombres se acuestan con Gilda, pero se levantan conmigo

El lunes 14 se cumplieron 25 años del fallecimiento de uno de los mitos sexuales por excelencia del siglo pasado. En efecto, ya muy deteriorada por la enfermedad del Alzheimer, el 14 de mayo de 1987 moría Rita Hayworth a los 68 años. Su nombre auténtico fue Margarita Carmen Cansino, hija de un bailarín español, nació en Nueva York el 17 de octubre de 1918 y sus primeros pasos los dio bailando al lado de su padre.

Para quienes recordamos con nostalgia la edad de oro  de Holllywood,  esa mujer de mirada sensual, labios carnosos, pelo ondulante, largo y un cuerpo que parecía rozar la perfección será para siempre 

Gilda, la protagonista de la película del mismo nombre dirigida por Charles Vidor y estrenada en 1946.

 

Jamás el cine habrá producido una escena más erótica que aquella en que ella se sacaba unos guantes largos mientras  entonaba una canción. Repasemos brevemente el argumento, el cual se basa en un triángulo amoroso explosivo.

 

Johnny Farrell (Glenn Ford) es un aventurero dedicado a hacer trampas en casinos. Así se llega un día a Buenos Aires. Allí lo contrata precisamente el dueño de un importante casino, Ballin Mundson (George MacReady). Cosas de la vida, la esposa de este último es Gilda (Rita Hayworth). Entre Gilda y Farrrell hubo fuego amoroso  y odio en el pasado, pero al verse de nuevo la química vuelve a surgir. Mundson sospecha algo.

 

Este último esconde ciertas actividades de relacionamiento con los alemanes en el contexto de la Segunda Guerra Mundial. El film combina suspenso, celos, sexualidad a flor de piel y el sentido misterioso del destino, que lleva a ciertas personas a reencontrarse más allá de los desencuentros pasados.

 

Esta película marcó para siempre a Rita Hayworth. De allí  su célebre frase acerca de que “desgraciadamente los hombres se acuestan con Gilda pero se levantan conmigo.”. Ella sabía que el personaje la había invadido para siempre y se esperaba de ella glamour y sensualidad permanentes.

 

Pero al recordar a la actriz que también protagonizó otras grandes películas como Sangre y arena ( 1941) o La dama de Shangai (1947), pensé principalmente en aquella escena en que solamente se sacaba un guante, ella estaba toda vestida de negro, y bastó ese gesto para transmitir toda la carga imaginable de deseo sexual.

 

Hoy, en esta época hipererotizada, casi pornográfica, en que la obsesión parece ser mostrar toda la desnudez posible, sin dejar casi nada para el misterio, puede parecer muy lejana aquella Gilda.

Vivimos bajo lo que se llama la civilización de la mirada en palabras del psicoanalista francés Gérard Wajman donde “el ojo posmoderno ve todo y pretende verlo todo. Aquí es donde tenemos el problema: en la pretensión de verlo todo…toda la verdad se extrae de la imagen, de la percepción. El ojo absoluto es el dios de la religión moderna de la transparencia…la edad de lo privado está terminada.  (Clarín, Buenos Aires, Revista Ñ, 28 de abril de 2012, p. 14, entrevista de Luís Diego Fernández).

 

En esta era, la elegancia de lo que se oculta para sugerir antes que mostrarlo todo y el objeto del deseo rodeado de misterios dejan su lugar a la explosión casi grosera de curvas carnosas donde lo relevante es ese ojo absoluto que quiere tragarse todo.

 

Quizás, por esa falta de sensualidad elusiva, que se escapa, se oculta y al mismo tiempo nos llama al placer, es que extrañamos tanto a Gilda.

 

 

Carlos Martini

Sociólogo y periodista.

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