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23 de Diciembre, 2011 | Desde mi biblioteca

Paraguay 2011: Un año perdido para el desarrollo

La sociedad paraguaya termina el año con las alarmas encendidas sobre la cada vez mayor grieta entre privilegiados y excluidos . Es lo que los sociólogos llaman riesgo de desintegración. Tomás Palau, sociólogo, escribe que "desintegración social es… un proceso de acentuación cada mayor del 'sálvese quien pueda…' nuestro país entró en esto hace ya unas décadas". Una pendiente de desintegración "vuelve a la gente agresiva, frustrada, desconfiada, del otro, egoísta" (ACCIÓN. Revista de reflexión y diálogo de los Jesuitas del Paraguay. Asunción, noviembre de 2011, p. 25).

Unos 500 asentamientos de extrema precariedad y miseria se encuentran distribuidos en el Departamento Central. Esto significa, haciendo un cálculo de la población que se encuentra en los mismos, que 1 de cada 10 habitantes de dicho Departamento sobrevive entre la miseria, la sobrevivencia y la marginalidad.

No es infrecuente en las informaciones policiales que muchos de los denominados motochorros provienen de esos asentamientos. En Asunción, la proporción es parecida. Unas 60.000 personas malviven en los bañados. Como si fuera poco, en el conjunto del país, alrededor de 260.000 jóvenes no estudian ni trabajan.

El 10% más rico se queda nada menos que con el 40% de la riqueza producida y el 40% más pobre no alcanza ni al 5% del conjunto de los bienes. Es peor aún. De acuerdo a datos oficiales, la desigualdad se incrementó entre el 2009 y el 2010.

No exageramos si añadimos que el Paraguay es una fábrica de miseria. La extrema pobreza se acentuó  en los dos últimos años y ya alcanza a casi el 20% de la gente. En otras palabras, prácticamente 1 de cada 5 habitantes del país está  en la franja de la extrema pobreza. Y si se toma a la pobreza en general, más de dos millones de personas están en esa situación.

Expulsión del sistema educativo, migración desesperada a los núcleos urbanos, delincuencia persistente (1 de cada 5 delitos en la vía pública son cometidos por motochorros), empobrecimiento campesino (la mitad de los mismos está en la pobreza extrema), desempleo más subempleo (1 de cada 3 paraguayos sufre esa situación) van conformando un tejido en tensión al lado de la impunidad para los poderosos, acumulación y ostentación de riquezas en el otro extremo y la interpelación continua para consumos cada vez más sofisticados pero al alcance de pocos.

Este es el paisaje que describe el colega Tomás Palau. Se delinean con creciente nitidez dos países. Uno es el que crece con los grandes números de la macroeconomía como el incremento del Producto Interno Bruto y su modelo agro exportador y otro es el que no genera industrialización y menos inversiones que produzcan masivamente puestos de trabajo.

Es tan absurdo este Paraguay de finales del 2011 que basta agregar un dato. El economista Fernando Masi, en una entrevista con Radio Cáritas el 30 de noviembre, me decía que pese a contar con abundantes recursos hidroeléctricos, sólo el 15% de toda la energía que se usa en el país proviene de esa fuente. Y más grave, de ese exiguo porcentaje, apenas el 20% va a uso industrial.

Por su parte, Víctor González Acosta, premiado como el empresario del año por la Asociación de Empresarios Cristianos, me apuntaba en Radio Caritas el miércoles 21 que para despegar hacia el desarrollo nuestro país necesita de 1.400 millones de dólares en inversiones anuales. Apenas alcanzamos unos 400 millones de dólares. Así se explica que solamente el 27% de los caminos del país estén transitables todo el tiempo.

Si se concibe el desarrollo como bienestar y como un sendero hacia mayores niveles de equidad social, el 2011 es un año perdido para el Paraguay. Estamos en el sinuoso y peligroso camino de una sociedad desintegrada y violenta.

Carlos Martini

Sociólogo y periodista.

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