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27 de Febrero, 2012 | Caminito al costado del mundo

País bananero

El conflicto de tierras en Ñacunday desnuda todas las falencias que tiene el Paraguay. Desde la inconsistencia oficial de intentar sostener una misma posición en una decisión asumida, hasta la falta total de respeto de todo tipo de legislación vigente en el país. En medio de este escenario, se agiganta nuestros graves problemas sociales, la tremenda desigualdad y el abuso de poder de quienes tienen vínculos, ya sean estos políticos o económicos.

Cada tanto aparece con fuerza en los medios de comunicación una pelea por tierras mal habidas, con invasiones u ocupaciones (como quiera llamarse) lo que deviene en negociaciones para intentar encontrar una salida a este conflicto. De la misma forma, periódicamente este tema va dejando su lugar a otros asuntos que van surgiendo y finalmente la solución real a este contexto se va postergando.

La única salida verdadera a esta situación es una reforma agraria integral que dote, no solo de tierras, sino de capacidad de sustento a miles de compatriotas que sobreviven en la miseria, y que están condenados a la expulsión del campo o a deambular en busca de un mejor porvenir. En todo el proceso de transición e instalación de la democracia, la gran materia pendiente sigue siendo esta reforma agraria que diseñe una alternativa que brinde una mejor calidad de vida a estos compatriotas.

Este capítulo de la historia es una prueba más de las improvisaciones a las que lastimosamente estamos acostumbrados a lidiar cotidianamente como sociedad. Los integrantes de la Liga Nacional de Carperos que piden una mensura de tierras en Ñacunday, están presionando para obtener propiedades, que ellos señalan son mal habidas. La cara más visible de esta denuncia son las tierras del productor Tranquilo Favero.

En medio de estas negociaciones ya se vio de todo. Lo último, el traslado de los carperos al Parque Nacional Ñacunday, dejando de lado provisoriamente tierras en litigio. El propio Miguel López Perito, una de las autoridades más importantes del gobierno de Lugo, admitió que la ocupación de un parque nacional atenta contra las leyes ambientales vigentes. Sin embargo, esto no es todo. Al analizar el estado de esta reserva se descubrió que unas 345 hectáreas de la misma están ocupadas por asentamientos y que existen unas 78 plantaciones de soja. Ahora el debate se instala entre ambientalistas y carperos, ya que exigen se respeten las leyes vigentes de preservación del medio ambiente.

Nos enojamos cuando ofenden al Paraguay. Pecamos de fanáticos nacionalistas cuando en el exterior resaltan nuestras mediocridades. Sin embargo, este caso de Ñacunday nos exhibe de cuerpo completo como una nación, con un Estado que aún no llega a niveles para considerarse como fallido, pero que demuestra en su accionar una serie de precariedades poco comprensibles en una administración que intente ser seria. Lógicamente, en medio de esta incertidumbre se polarizan las opiniones, los políticos en campaña buscan sacar la mejor tajada, la prensa interesada pretende resaltar las posiciones de sus patrones, y la ciudadanía observa este conflicto como una historia televisada, ajena a su realidad cotidiana.

Duele ver que estamos presos de una total improvisación. Que no se establecen estrategias válidas para intentar solucionar los problemas sociales que desangran a nuestro país. Hoy Ñacunday, mañana quien sabe donde explotará el tema. Es tiempo exigir decisiones sabias que ataquen nuestras dificultades de fondo y que no busquen favorecer a nuestro entorno cercano con un objetivo meramente electoral. Mientras sigamos repitiendo constantemente estos errores, seremos lo que no queremos, un país bananero.

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