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07 de Noviembre, 2011 | Caminito al costado del mundo

Moral legalista

De las circunstancias más polémicas que ocurren en la sociedad podemos extraer enseñanzas que traspasen una simple discusión mediática. Lastimosamente, siempre nos quedamos en el espectáculo y no avanzamos de ahí, desaprovechando ocasiones brillantes para seguir construyendo nuestra sociedad en base a ideas, superando estos altercados improductivos.

Esta vez la cuestión se centró en la interrupción de un embarazo ectópico que se produjo la semana pasada en el Hospital Central del IPS. Adjunto a este caso de amplia difusión, con participación de diferentes sectores de la sociedad desde las opiniones científicas hasta las dogmáticas; se planteó nuevamente el tema del aborto y la despenalización del mismo. Un esquema muy parecido se repite cada tanto cuando se habla del consumo de drogas.

Lo primero que indagamos ante estos hechos es la postura personal del que opina. Depende de si estamos a favor o en contra, asentimos o desacreditamos lo que dice. Sus argumentos, bien gracias, no interesan realmente. Con esta conducta reducimos al mínimo nuestro nivel crítico, porque eliminamos la chance de elaborar un juicio propio. Adoptamos una posición facilista, simplemente nos adherimos a lo que consideramos correcto.

En medio de este entramado, cometemos otro error casi imperdonable. Destacamos a la legislación existente como único regulador de la conducta. Damos entidad a las cosas, en la medida que estén contempladas en las leyes, cuando sabemos efectivamente que no es así. Los abortos se practican en el país y cada día mueren mujeres consecuencia del mismo. Las drogas ilegales están en el mercado y se consumen en todas partes sin muchos problemas.

Para colmo, miramos estos sucesos como si se produjesen en contextos aislados de nuestra realidad. Eliminamos del razonamiento los condicionantes sociales que influyen directamente, como el desempleo, la pobreza, la desigualdad social, las limitaciones de acceso a salud y educación de gran parte de la población.

Dejamos de lado el factor fundamental, la educación, determinante para comprender mejor estas realidades latentes de nuestro país. No terminamos de aprender que solamente con una educación liberadora, con valores, con argumentos que expongan claramente cuáles son los criterios que se deben tener en cuenta para analizar sensatamente cada caso, fomentando la elaboración de un pensamiento crítico, vamos a comenzar a mejorar nuestra calidad de vida.

Escudarnos en la prohibición como mecanismo paliativo, o cerrar los ojos a la realidad es lo peor que podemos hacer. Y es lo que en la práctica se repite periódicamente en el Paraguay. La solución está en el debate de ideas, en generar posturas, en abrirse a la controversia.

Convengamos, en definitiva, que ninguna legislación es perfecta. Tampoco la misma va a torcer nuestra voluntad particular. Creer que lo que está contemplado en la ley es la panacea a todos los conflictos, es la falla más grave. Sincerémonos. Que uno aborte o consuma sustancias ilegales es una decisión personal. Y en cada individuo, el único juez que dicta sentencia es lo que llamamos conciencia. A fin de cuentas, nuestra formación ciudadana acrítica es la peor condena que los paraguayos merecemos seguir soportando.

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