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24 de Febrero, 2011 | El Análisis de Dario Abelardo Cárdenas

Mi vida por una entrada

El clásico Cerro-Olimpia despierta toda clase de expectativa, todo tipo de emociones y la rivalidad de toda la vida, que se manifiesta hasta en las cosas más inverosímiles. Esto siempre fue así. Pero hoy, se ha agregado otro condimento que genera la angustia y la desesperación de un gran número de aficionados, que quiere ver en directo el gran choque: la gran dificultad para conseguir un boleto para el primer clásico del año.

Este primer clásico viene adornado con todos los factores que generan un interés único por ver el juego en directo: la gran campaña de Olimpia, sus grandes figuras que hicieron que los primeros cinco partidos terminaran en sendos triunfos con puntaje ideal, la crisis superada por Cerro Porteño tras la salida de Javier Torrente, la presencia de Juan Manuel Iturbe y el  imán propio de un enfrentamiento en el que se juegan más que tres puntos.

Cada vez que hay partidos importantes, se desnudan las tremendas limitaciones organizativas de nuestro fútbol. El clásico es una gimnasia que debe aprenderse en sus elementos más básicos de memoria y agregarle la creatividad necesaria para asumir la dinámica de los tiempos y los imponderables que promueve cada partido. Sin embargo, pareciera que en cada clásico están debutando. En éste, no es diferente. De vuelta los grandes problemas para resolver una cuestión de número, que no solamente necesita de inteligencia, sino de sensibilidad, mostraron los flecos de una organización imperfecta.

Desde la definición de volver a compartir la recaudación, que implica repartir la organización y el sistema de venta de las entradas, pasando por definir si los menores entran o pagan, a partir de los 12, 10 u 8 años, hasta la facilidad que hay que darle al socio para canjear sus entradas, todo se constituyó en un laberinto que llevó a mucha gente al borde del paroxismo.

Es increíble que hasta esta semana no se haya sabido exactamente cuántas localidades tiene el aforo del estadio de la Asociación. Los cálculos de la gerencia de Cerro se basaron en datos inexactos, que fueron corregidos cuando la matriz de nuestro fútbol les expreso que la capacidad real es de 31.441 localidades. Entonces se cortó por lo más débil: se obligó a pagar a todos los chicos de cualquier edad, cuando día a día se iba bajando la edad para evitar tener conflictos con los socios que tienen entrada libre. Es cuestión de evitar el populismo nada más. Los niños son el futuro del fútbol y permitirles ver un espectáculo único es un gran incentivo. Pero, un clásico es un producto caro y que genera a veces oportunidades únicas de obtener una gran recaudación. Por eso, no está mal que se busquen otros partidos para darles la entrada libre y aprovechar estos choques para apretar los esquemas de seguridad y conseguir una renta que solamente producen los clásicos.

Hay que esperar que el partido devuelva como espectáculo todo lo que se espera del mismo, que la rivalidad no pase de ese choque circunstancial que debe ser exclusivamente deportivo, y no las manifestaciones violentas que al final de cada clásico nos hacen lamentar por los desmanes, que dejan pérdidas materiales y heridos a granel, rogando siempre que nadie muera por esa inigualable pasión, aunque queda muy justo decir,  que más de uno debe haber repetido: “Mi vida por una entrada”.

Por Darío Abelardo Cárdenas

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