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15 de Mayo, 2012 | Desde la calle

Loca

Sí, loca. Loca por enamorarse inocente y apasionadamente a los 16 años, en tiempos en que la tele, en nuestro país, solo tenía un canal en la pantalla libre cuando los televisores eran un artículo de lujo, que -por ende- solo se veía en casas de familias pudientes.

Loca… por casarse con su primer novio a los 17 años, sin que ninguno tuviera ni casa propia ni empleo seguro. Más loca aún por traer al mundo un niño a los 18 años, sin más formación que el sexto grado.

Ella y su marido eran muy pobres. Él tuvo que comprarse una bicicleta (que hasta hoy la usa) para salir a vender con ella masitas dulces por las calles de Asunción, Fernando de la Mora, Capiatá, San Lorenzo y Villa Elisa.

Al rato, vino el segundo, luego el tercero, el cuarto y el quinto hijo… Sí, cinco hijos trajo -desde su panza- esa mujer a Paraguay. Creció su familia, y crecieron también sus necesidades y pobreza. Sin embargo, ella no se cruzó de brazos, ni perdió la fe en Dios.

Le decían en la calle: “Sos pobre, conformate con lo que tenés”. Ella se rebelaba. Era ambiciosa, pero lejos de la codicia. Desde sus carencias y frustraciones empuñó una visión: darle un techo digno a sus hijos, una educación progresista y una protección familiar saludable.

Le decían: “no estás bien”. “El pobre nace pobre y muere en su pobreza”.

Ella volvía a rebelarse. No se conformaba. Empezaba a mirar en lugares donde otros no veían, empezaba a avanzar unos metros más que los otros. En principio, casi no veía resultados esperados en su intento. Pero seguía probando, como cuando uno martilla una piedra, una y otra vez, hasta partirla.

Ella le dijo a su primer hijo que no siempre sería vendedor ambulante, como su madre, que él era igual, desde esa condición, a quien amanece en cuna de laureles. Abrazada a una esperanza de superación, le empujó a estudiar en la universidad. Con mucho esfuerzo de por medio, su hijo empezó y terminó su carrera hasta ingresar a lugares de trabajo deseado de niño. Otros dos hijos suyos, felices, contrajeron matrimonio con personas llenas de fe; y otros dos hijos solteros siguen protegidos, en amor, por ella.

Terminó por aceptar que en verdad estaba loca. Si no era por una prueba sicológica, lo iba a ser una por mayoría de votos o sencillamente por la aceptación personal, fundada en sus aspiraciones. Sus locuras rompían mitos populares y derrumbaban el conformismo de la gente.

Al ver crecer felices y saludables a sus cinco hijos, ella –que seguía trabajando de vendedora en uno de los mercados populares de San Lorenzo entre el amanecer y el anochecer, con lluvia o frio, con salud o enfermedad- decidió retomar sus estudios del colegio, desde cero, teniendo más de 40 años y sabiendo que sería una de las alumnas con mayor edad en su aula.

No le importaba los comentarios lacerantes y desalentadores.

Sí, con esa locura, mirando hacia adelante, empezó su primer día de clases, luego de 28 años de haber dejado la escuela. Así, año tras año, pasó de un grado a otro, y de un curso a otro, hasta terminar la secundaria.

Adulta y “enloquecida” por cumplir un sagrado y anhelado sueño, entró a la universidad. Le parecía imposible, pero se convirtió en UNIVERSITARIA. Su sala de estudios era y sigue siendo la calle, en medio del insoportable e interminable ruido de colectivos y de cientos de miles de vehículos que a diario se mueven por su zona de trabajo.

Varias voces en su oído le torturaban: “no podés”, “no pierdas tu tiempo en eso”. Pero, escuchó a su corazón que le hizo ver a través de su mente que sí podía y que ya lo hacía.

Hoy, a solo un año de culminar sus estudios universitarios, siendo una humilde y digna vendedora desde la calle, me sorprende verla crecer profesionalmente, sin perder la pureza de su origen ni el valor de su meta, para convertirse en una escribana, al servicio de la sociedad.

Hoy, esa mujer mira hacia atrás, y ve sus huellas de locura, que quisieron enterrarla o ahogarla, pero que ella supo dar ese siguiente paso sin rendirse. No claudicó.

Doy gracias a esa santa locura que me permitió conocer y transmitir esta historia a todos quienes me leen para conocer a esa mujer llamada NATIVIDAD AVILA DE MARTINEZ, mi madre…

Mamá, felicidades en tu día, y a través de vos a todas las madres de esta nación.

Te amo,

Tu hijo, Diego…

DEJA QUE NOS SIGAN LLAMANDO “LOCOS”… LOCOS POR DIOS, POR LA PATRIA, POR LA FAMILIA Y POR LA VIDA.

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