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15 de Julio, 2011 | Indicador económico y financiero

La tierra es de quien la trabaja

A finales del Siglo XIX y principios del XX, en el poblado de Anenecuilco, del estado de Morelos, al sur de México, los campesinos reclamaban a los hacendados sus tierras, mismas que fueron heredadas por sus ancestros y en las cuales siempre cultivaron los diferentes productos que desde hacía cientos de años eran su vida y sustento económico.

Incluso las autoridades españolas habían respetado en el derecho esos títulos de propiedad, pero poco a poco los hacendados se fueron apropiando de las tierras, convirtiendo a sus dueños legítimos en esclavos por deudas y jornaleros en sus propias tierras.

La situación poco a poco, se fue haciendo insostenible y junto con otras figuras que iban surgiendo con un liderazgo claro en las diferentes zonas del país, pidiendo una mejora social para miles de mexicanos, surgió la de Emiliano Zapata, conocido durante la Revolución Mexicana como “El Caudillo del Sur”.

Abanderó la causa de los campesinos morelenses para que les fueran restituidos sus derechos como legítimos propietarios de las tierras.

Todos los reclamos sociales quedaron plasmados en un documento conocido como el “Plan de Ayala”  y de ahí surgió la frase que se volvió emblemática en el movimiento armado en el sur, “La tierra es de quien la trabaja”.

Zapata fue traicionado y emboscado para morir en la hacienda de Chinameca, en abril de 1919, dos años antes de que se diera por terminada la Revolución Mexicana.

Su cadáver fue llevado a Cuautla, en donde fue exhibido durante varios días, muchos aseguraron que el cuerpo no era de él, naciendo así una leyenda emblemática sobre este hombre que luchó por un reconocimiento justo para los dueños de sus tierras.

Aquí, hay varios grupos que se denomina sin tierras, obvio, porque aseguran no tener propiedad alguna para ejercer una actividad agrícola y con ello sobrevivir.

Por la vía de la invasión han conseguido el reparto de varias propiedades, pero al parecer las cosas siguen igual, pues no se ve que muchas de estas personas hayan prosperado a través de la actividad agrícola, cuando se les ha dado una parcela.

Ahora, de nuevo se dan las invasiones y con ello, reaccionan los productores agrícolas, los invasores argumentan que los actuales dueños de las tierras las adquirieron de forma ilegal e impiden que lleven a cabo la siembra de diferentes productos agrícolas.

Los agricultores defienden su trabajo y aseguran que habrá una protesta con tractores por las invasiones, mientras tanto un funcionario cercano al presidente Fernando Lugo acusa y asegura a los dueños de las tierras que sobre la ley no está nadie, desestima su protesta y dice que de comprobarse que las tierras que ahora usufructúan fueron adquiridas de forma ilegal, les serán expropiadas.

Es bueno querer defender las leyes, pero en este caso, a los invasores también se les debe aplicar la ley y no dejarlos aparte, pues ellos bien pudieron haber hecho una denuncia ante las instancias correspondientes y así en tribunales determinar quién es el dueño legítimo de esas tierras en conflicto, antes de invadir una propiedad que actualmente está produciendo y eso beneficia al país y a su economía.

Pero al invadir, lo único que se hace es frenar la actividad económica de una zona grande del país, afectando a miles de familias que dependen de esa producción agrícola para subsistir.

Se afecta al comercio, a los fabricantes de insumos agrícolas e incluso se afecta la imagen internacional del Paraguay, pues si no se siembra y se cosecha, muchas toneladas de granos ya negociadas no podrán entregarse a sus compradores a tiempo, o tal vez nunca se lleguen a entregar ¿O quién va a querer invertir en un lugar en donde no existen las garantías mínimas para desarrollar una actividad productiva?

Por el lado de la justica social, no basta con darle tierra a la gente, un pedazo de tierra no hace a alguien ni más pobre ni más rico, si no se ofrece la educación y la capacitación necesaria para enseñarlo a trabajar, además de apoyarlo con los insumos para que esa tierra sea productiva y además al ser productiva pueda haber desarrollo, como infraestructura básica en escuelas, hospitales, vivienda, caminos transitables, puentes que no se caigan cada año; es decir darle a la gente algo para arraigarla a su comunidad.

Esto se puede hacer antes de dejar solo palabras que hablan de grandes reivindicaciones sociales y de respetar la ley, cuando desde un escritorio, con un sueldo millonario, vehículo, chofer y seguridad a cuenta del Estado, las cosas se ven diferentes.

En un país con más del 40% de su población en la pobreza bueno sería respetar la ley, hacerla cumplir como cuando se juró hace algunos años a grito abierto que se haría, para que el Estado se haga valer como tal y demostrar que por algo se está ahí, promoviendo el desarrollo, la educación, la salud y el empleo.

Es cierto, la tierra debe ser de quien la trabaja, pero sin oportunidades reales, nadie, va a poder trabajarla.

 

 

Miguel Torres Velázquez

Twitter @mitove

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