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23 de Febrero, 2011 | La Tecla a Fondo

La independencia que nos falta celebrar

Estos “paraguayismos” ya no deben ser paraguayos.

Duele cuando nos miramos al espejo y percibimos que lo que idealizamos no es la realidad. Duele que la superficie espejada nos devuelva impertérrita las arrugas de la informalidad, del conformismo, la desfachatez, el fraude, el “vaí-vaínte”, el “upéichante”, el ñembotavy, la picardía para violar las normas y pretenderse víctima, el apego al desorden y la indisciplina. Duele que las espinillas de la inconducta y la impuntualidad aparezcan en el rostro nativo; o que resalten los forúnculos de la mala costumbre de tirar basuras por cualquier lado, destruir los espacios públicos o violar las más elementales normas de convivencia vecinal.

Duele todo eso; pero más debería dolernos que no hacemos mucho para superar todo eso. Duele que nos digan, pero parece no dolernos que sea cierto. Duele que se burlen, pero parece no dolernos que esos males los suframos nosotros mismos por culpa de nosotros mismos. En estos días, una vez más, un nacionalismo mal entendido nos hizo indignar ante las burlescas visiones extranjeras de nuestra realidad. ¿Por qué tamaña reacción? Sencillamente porque preferimos no mirarnos al espejo para evitar sentirnos responsables de que si queremos mejorar nuestra condición de vida, debemos cambiar todo eso. ¿Qué cosas?... Aquí van algunas.

Tirar la basura y mear en la calle, deportes nacionales. Parecemos (¿somos?) amantes de la inmundicia y la roña sistematizada. No importa si hay papeleras o baño público a mano. Preferimos tirarlo afuera. Y ratificamos nuestra idiosincrasia destruyendo cuanto sanitario público aparece en nuestro camino.

Los espacios públicos son para privatizarlos y destruirlos. Calles, veredas y plazas que se dignen ser “públicas” caen bajo nuestros criollos sistemas de “privatización” (que no genera protesta de sindicato ni izquierdista alguno, al contrario), en los que las víctimas somos nosotros mismos.

Con el “aycheyaranga” justificamos la informalidad. Creemos que hacemos un bien al permitir la informalidad y el desparpajo. Inventamos el término “victimización de la pobreza” para dar rienda suelta a la victimización de toda la sociedad decente, extorsionada por los ilegales, en una situación que, aparte de contar con el “no cuenten conmigo” de los nuevos acomodados del lujo y el poder, es aprovechada por los delincuentes de guantes blancos o negros, para seguir haciendo imperar la ilegalidad y el fraude.

Bienvenidas las mafias y la extorsión. Enumeremos algunas: La mafia de los políticos corruptos e indecentes, de cualquier color o ideología, que se apropia del presupuesto público. Institucionaliza la prebenda y hace del Estado un botín político. La mafia del transporte público (una especie de connubio de trabajadores, seudoempresarios y políticos corruptos), que impone y mantiene colectivos chatarras, inseguridad ambulante, maltrato a los pasajeros y millones que alimentan la maquinaria sádica cuya víctima es el indefenso pasajero. La mafia de los taxistas chatarreros, que se libran de los controles que sí alcanzan a los automóviles de los mortales y comunes ciudadanos. La nueva mafia de los cuidacoches, privatizadores de aceras que avanzan con sus cajones de manzanas y “recibos adelantados” bajo el manto de concejales que juramentan cumplir y hacer cumplir las leyes y ordenanzas. La mafia de los vendedores ambulantes, que bajo pretexto de la “pobreza”, invaden las calles del centro con mercaderías de contrabando, sin pagar impuestos y sirviendo de eslabones para verdaderos empresarios que lucran con este sistema. La mafia de los “sin tierra” y los “sin techo”, que han hecho de reivindicaciones justas un ariete ilegítimo para los negociados de la destrucción de bosques, la explotación de los verdaderos desamparados, y hasta el narcotráfico. La mafia de los pseudosindicatos, que se vuelven empresarios de la necesidad de sus adherentes, extorsionadores de la sociedad, protectores de la haraganería y promotores de la improductividad.

Premiando a la mediocridad. Somos expertos en valorar lo perverso si reditúa dinero, celebrar las trampas si arrojan beneficios, premiar a los mediocres si nos generan popularidad. Los morosos reciben facilidades. Los cumplidores, todo el peso de la ley. Los que pagan impuestos forman colas. Los que no, viven campantes. Se proponen más tributos para los que ya pagan. Y para los que evaden, la vista gorda se hace aún más obesa. Queremos nivelar por lo más bajo y destruir al que osa levantar vuelo. Admiramos al mentiroso, al fraudulento y tratamos de “vyro” al honesto. El contrabandista y el corrupto son casi próceres admirados, y los próceres cotidianos que sobreviven con salarios de hambre sin por ello justificar mendicidades o delincuencia, son olvidados y repudiados.

La ley del mbareté y el ñembotavy. Con una sociedad consumida por la anomia (en el sentido de degradación de la ley, no de ausencia, porque de sobra tenemos normas), todo esto es alimento para la informalidad, para la ilegalidad, para el desorden, para la indisciplina. Hasta los cuerpos policiales se retroalimentan de corrupción y bandidaje, las coimas son parte de la cotidiana relación entre funcionarios y ciudadanos, y la transgresión no es un símbolo de rebeldía sino extendido recurso cultural para permitir que todo siga igual. Igual de mal. O peor.
No me reclamen, por favor, que mi mirada es pesimista ni me digan que no percibo lo bueno y rescatable del paraguayo. No se trata de eso. Se trata de que debemos darnos cuenta, como sociedad, que el espejo no miente. Que esto es parte de nuestra realidad, pero que se la puede cambiar.

El Bicentenario es pretexto para muchas cosas, entre ellas para mucho gasto superfluo y boludeces colectivas. Ojala evitemos la narcotización de esta celebración y por el contrario sea ella motivo y razón para, vaya paradoja, despojarnos de estas costras culturales que nos anclan en la miseria, que nos aplastan y mantienen en la informalidad y la desfachatez. Despojarnos del fatalismo de creer que “somos así y así seguiremos siendo”. Despojarnos del infortunio de siglos y asumir la realidad para desde allí empezar el cambio profundo que necesitamos. El cambio que nos haga verdaderamente independientes: libres de toda esta basura “idiosincrática” (si vale el neologismo) que nos impide ser un país en serio.

José María Costa

pepecosta@activenet.com.py

http://pepecostablog.blogspot.com/

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