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02 de Marzo, 2012 | Desde mi biblioteca

La casa de los secretos, allí donde habita nuestra infancia

“Es cierto que el peso de la propia historia es a veces imposible de aligerar. Y por eso, también, es mejor contarla. Como lo hago yo en una casita blanqueada a la cal, de techo de chapa azul, frente al mar”. Es la voz de una mujer adulta que se decide a narrar sus vivencias en la lejana niñez y adolescencia en la casa familiar. La narradora va desgranando todo aquello que no se decía, o se murmuraba en voz baja en el entramado de secretos de una familia de clase media en Buenos Aires entre los años cuarenta y los cincuenta. Esto es, el periodo de la gestación, ascenso, consolidación y caída de Juan Domingo Perón.

La periodista Magdalena Ruíz Guiñazú (Buenos Aires, 1935) consigue en su reciente novela  La casa de los secretos ( Sudamericana, Buenos Aires, 2011) mostrarnos como un espejo que reflejara el pasado familiar  toda la moralidad estrecha, la preponderancia de las apariencias por encima incluso de la propia felicidad, la sexualidad escondida, la gravitación de las normas católicas y la búsqueda desesperada de algunos de sus personajes en encontrar un camino propio frente a tanto agobio en el contexto de una sociedad con fuertes vaivenes y turbulencias políticas y sociales.

La reconocida periodista argentina entrecruza historias diversas. Una de las preponderantes es la del tío Vicente, viudo de la tía Belén, y sus amores, rechazados por la mayor parte de la familia ,hacia la tía María Teresa. Ocurre que esta última, soltera, vivió muchos años con Vicente y Belén, su hermana. Al morir esta se desborda el amor contenido entre Vicente y María Teresa, para escándalo del resto de la familia, con la significativa excepción de la abuela Dolores, que se niega a aceptar un divorcio y unas segundas nupcias y menos entre Vicente y María Teresa, simplemente porque esta era la hermana de la difunta.

En un tono de suave evocación de un tiempo que se fue pero que marcó la vida de la narradora, Magdalena Ruíz Guiñazú nos deleita contándonos todas sus fantasías de lo que hubiera sido Aurelia, una hermanita de sólo tres años fallecida antes de nacer ella, recorre las tristezas, los anhelos y los sueños de las tías solteras Constanza y Ursula, esta última perdidamente enamorada de un médico casado de un hospital donde ella trabaja como voluntaria, la rigidez de las monjas que ya ni se planteaban si su opción de vida era realmente la que ellas querían llevar o una imposición a la que no discutieron, monjas que algunos días estuvieron refugiadas en la casa familiar cuando la quema de iglesias bajo el peronismo.

El disparador que lleva a la narradora ya madura recordar aquella etapa de su vida fue una visita de paso a lo que se denomina con mayúsculas en la novela, la Casa, hoy convertida en un hotel. Y es entonces cuando vuelven las voces, los ecos, los pasos perdidos en las brumas que acumula el tiempo y se comprende que “de pronto, también, se entreabre la puerta de uno de los cuartos  para demostrarnos que nadie es tan fuerte como para enfrentar, desprevenido, su propio pasado.”

 

Carlos Martini

Sociólogo y periodista

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