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06 de Enero, 2012 | Desde mi biblioteca

El último baile: Implacable incursión en aquello que escondemos

Habían pasado apenas unos minutos de las 4 de la madrugada del domingo 1 de enero. El gobernador de la provincia argentina de Río Negro, Carlos Soria, de 61 años, moría de un disparo de escopeta. La autora fue su esposa, Susana Freydoz. Estaban en la habitación matrimonial de una quinta en las cercanías de Río Negro, la capital provincial. Ella misma se presentó posteriormente a la policía. Atinó a decir que “no lo quise matar”. A partir de ese momento todo tipo de hipótesis y especulaciones se tejieron acerca de lo que pudo haber ocurrido en la madrugada de ese primer día del 2012 entre el gobernador y su esposa. ¿ Qué dramáticos motivos pudieron haber llevado a Susana Freydoz sólo unas horas después de celebrar el inicio del nuevo año con su familia a disparar a su marido?

Las investigaciones siguen. Incluso se temió que Susana Freydoz intente suicidarse una vez pasado el shock inicial. En esa geografía de sombras y enigmas en que tantas veces se mueve el ser humano, la literatura y el arte en general han demostrado que pueden  internarse y mostrarnos, en la ficción, con la libertad de ser criaturas de nosotros mismos, aquello que forma parte íntima de nuestra humanidad.

En esto pensaba el domingo 1 al enterarme de la noticia e inmediatamente busqué en mi biblioteca una novela que fue de las que más impacto me causaron en el 2011. Se trata de El ultimo baile (Atlántida Buenos Aires, 2001), de la escritora estadounidense Eileen Goudge. Una de las frases de esta obra dice todo sobre las zonas oscuras y opacas al conocimiento del otro, cuán difícil es entender las razones de nuestra conducta: “Así como no podemos conocer los misterios de Dios o del universo, tampoco podemos juzgar las acciones de nuestro prójimo”.

Eileen Goudge nos cuenta la  historia de un matrimonio, el de los Seagrave que están a punto de celebrar sus cuarenta años de matrimonio, que más allá  de las desaveniencias normales, podía considerarse una pareja bendecida por la suerte. Las tres hijas, Daphne, Alex y Kitty se encontrarían en la casa familiar y todo eran preparativos para la fiesta.

La vida nos enseña cada día que en cualquier esquina nos esperan sorpresas o giros bruscos a nuestra existencia aparentemente apacible. Es lo que ocurre en la novela cuando una noche, ya muy cerca de la celebración, Lydia Seagrave toma un revolver y termina con la vida de su marido. Es cuando las tres hijas son golpeadas por sus propias historias personales: una defendiendo a la madre, la otra al padre y la tercera que llega desde lejos y se encuentra con que el fiscal del caso había sido un antiguo amor de su juventud, con el cual algo del fuego de la pasión parece revivir.

Las huellas del pasado, los rincones escondidos de una pareja, los descubrimientos dolorosos sobre algo que el otro hizo y que marca literalmente a muerte la relación, el irrefrenable impulso vital de continuar buscando nuevos caminos después de una tragedia son cuestiones abordadas con profundidad humana por la autora. Es destacable que no juzga, trata a sus personajes con tolerancia, entiende que no somos dioses ni jueces supremos.

Esta estupenda novela nos muestra también que en algún recodo del sendero de la vida debemos dejar de escapar y enfrentarnos a nosotros mismos. “Uno acaba llevando consigo aquello de lo que huye”.

El último baile cumple con aquella precisa  observación de Franz Kafka sobre lo que debe ser un buen libro. Decía el autor de La metamorfosis  que un buen libro tiene que ser como “un hacha que rompa el hielo que llevamos adentro”. Que nos conmueva. Ni más ni menos.

 

Carlos Martini

Sociólogo y periodista.

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