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12 de Noviembre, 2011 | Desde mi biblioteca

El portoncito verde y el perrito Laurel en Augusto Roa Bastos

“Yo era el único amigo que tenía y conversábamos. Yo incluso le inventé un lenguaje, porque se movía un poco el portoncito, que tenía un candado, que hacía chirriar la visagra y yo interpretaba los sonidos como la voz de él”. Quien recuerda los lejanos años de su infancia en la localidad guaireña de Iturbe en esta emocionada reconstrucción desde las brumas del ayer de un amiguito imaginario, el portón de la casa de sus padres, es nada menos que Augusto Roa Bastos, nacido en Asunción, en plena Villa Morra en 1917 y fallecido también en Asunción en el 2005.

Este pasaje forma parte del libro Voces del Bicentenario (memorias que no llevan el viento). Entrevistas a Augusto Roa Bastos, José Luís Appleyard y Oscar Ferreiro escrito por el periodista Víctor Barrios Rojas(1932) y presentado el jueves 10 en el auditorio de Radio Caritas 680AM .

Publicado por el FONDEC este texto es más que recomendable porque incluye un CD con las voces de Roa, Appleyard y Ferreiro en entrevistas realizadas por el autor. José Luís Appleyard (1927-1998) y Oscar Ferreiro (1921-2004) fueron dos de los más grandes poetas paraguayos del siglo pasado y a través de este rescate en la voz de los tres podemos revivir sus tonos de voz, sus emociones al volver la vista atrás y compartir con nosotros los caminos que les llevaron a la creación literaria.

Quisiera en esta columna detenerme en ese caso que presentamos al principio, el del autor de El Trueno entre las hojas, Hijo de Hombre o Yo el Supremo, el de la imaginación del niño Roa Bastos y como esas fantasías de nuestros primeros pasos en la vida apuntan vivencias que permanecen para siempre.

La familia se Roa Bastos se había trasladado a Iturbe donde su padre trabajaba en un ingenio azucarero. Ese portoncito lo tenía habitualmente cerrado el padre de Roa Bastos para evitar que ese niño travieso saliera sin que se enteraran los progenitores. Entonces el niño hablaba con el portoncito verde.

“-Bueno, yo quiero salir le decía”

-“No podés. Tu papá te va a castigar”

-“¿Y cómo puedo hacer para salir de todas maneras?”

-“Y solamente si cavás  por debajo de la amapola”

Y el niño cavaba túneles.

Y luego está  el caso del perrito que le salvó la vida. Cuenta Roa   que le “gustaba recorrer por los bosques y picadas. Un día, cuando iba por un…tape´poi de los bosques nuestros ví que mi perrito mío que  se llamaba Laurel, perrito chico…paraguayito, arruinadito, pero muy vivo, pegó un salto sobre algo y luego se retorció.” Roa agrega que en realidad el perrito le salvó porque como iba delante suyo a Laurel le atacó una víbora ñanduriré y lo mató.

Y aquí toda una muestra de ternura infantil, de los días de la inocencia perdida: “Para mí fue una desolación tremenda la muerte del perrito, por mi culpa, casi. Y le hice un entierro de primera. Abrí una tumbita ahí, le llené de lofres, le puse una capa, incluso una tapa de cartón piedra para que no se humedeciera y una cruz, incluso a un perrito.Lo hice cristiano después de morir”

El portoncito verde, el perrito Laurel, las ilusiones de la infancia  en la apacible ciudad de Iturbe permanecieron siempre en Roa.

Pequeñas grandes cosas que alumbran nuestra vida, allá, desde la niñez que nunca nos abandona. Como  canta Joan Manuel Serrat, esas pequeñas cosas que uno cree que se las llevó el tiempo y la ausencia…pero siguen al lado nuestro.

Carlos Martini

Sociólogo, periodista y exprofesor de la Universidad Católica. 

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