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25 de Mayo, 2012 | Desde mi biblioteca

El hombre que susurraba a los caballos o cuando podemos volver a empezar

“Dónde hay dolor hay sentimiento y donde hay sentimiento hay esperanza”. Es una de las frases que mejor reflejan la hondura de emociones de la novela El hombre que susurraba a los caballos (1995) del escritor inglés Nicholas Evans. Nos muestra la infinita capacidad humana de recuperación aunque en ocasiones estemos a las puertas del infierno. Era una mañana fría en las cercanías de Nueva York. Las pequeñas Grace y Judith, amigas del alma, salen a cabalgar. Un terrible accidente termina con la vida de Judith y de su caballo Gulliver. Sobrevive mal herida Grace y ya casi sin esperanzas Pilgrim, su caballo. Pero nada está perdido cuando todo parece desmoronarse.

Annie, la mamá de Grace, es una directora de una importante revista de Nueva York, altiva, arrogante, absolutamente dedicada al trabajo hasta el punto de haber descuidado tanto a Robert, su esposo, abogado, y a su pequeña Grace.  A esta última le amputan la pierna y a Pilgrim están a punto de sacrificarlo. Se había vuelto hosco y agresivo y quedó con muchas cicatrices.

Annie comprende entonces que, de alguna manera, su futuro afectivo con su hija, distante de ella, pasaba por la recuperación del caballo. Ninguno de los veterinarios de la zona le daba mucha esperanza.

 

Hasta que se entera de una antigua tradición del universo rural de los EE.UU. Descubre la existencia de unos misteriosos susurradores de caballos.  Se interesa en el tema y lee que ciertos hombres tienen la capacidad de una comunicación directa con estos nobles animales, los entienden en su propio lenguaje. Así llega a contactar con Tom  Booker, del lejano Estado de Montana. Allí se llegan un día, Annie, su hija Grace y se lo llevan a Pilgrim, para intentar su recuperación.

 

Lo que sigue después es un relato que combina la descripción de esas amplias llanuras, donde el ser humano parece reencontrarse otra vez después de tanta desorientación, es lo que le ocurre a Annie,  hasta su matrimonio es replanteado. Grace, quien había quedado traumatizada se negaba a intentar siquiera volver a montar a su querido Pilgrim (peregrino, es español, toda una metáfora del sentido de la vida) y el propio caballo que llega con todo el miedo del mundo después del extremo sufrimiento encuentran en Tom un hombre con tristezas a cuestas y mucha sensibilidad ante todo  lo que signifique vida.

 

Pero, lejos del ruido y los apuros de Nueva York, en Montana, Annie aprende  que”si uno mira lo suficiente y lo hace bien, acaba por ver como son las cosas”.

El hombre que susurraba a los caballos es de esas novelas que nos van guiando tanto por los lados oscuros como luminosos de la condición humana, nos señalan jamás debemos por terminado nuestro peregrinaje en la tierra, que siempre podemos vislumbrar otra oportunidad.

 

Su adaptación al cine en 1998 bajo la dirección de Robert Redford logró  traducir en términos audiovisuales el mismo tono de unos personajes empeñados en viajar al verdadero interior de sí mismos. Una jovencita Scarlett Johannson hizo el papel de Grace. Los principales protagonistas fueron el mismo Robert Redford y una magnífica Kristin Scott Thomas.

 

Carlos Martini

Sociólogo y periodista. 

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