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11 de Febrero, 2011 | Indicador económico y financiero

¡Bart Simpson, Bart Simpson, Bart Simpson!

Hay un episodio de los Simpson en donde Bart decide ser un émulo de Lisa su hermana y participar más y destacar en el salón de clases.

Entonces en un arranque entusiasta el Bart levanta la mano y en imágenes sucesivas la maestra Edna Krabappel, pronuncia el nombre del niño para cederle la palabra y las tres veces él responde de manera incorrecta.

Sabemos que Bart es un niño brillante, pero en las aulas no destaca, usa su inteligencia para otros menesteres, menos académicos, pero independientemente de su aprovechamiento, Bart tiene una oportunidad que muchos niños no tienen, la de ir a la escuela.

Es decir el Bart recibe una educación que a muchos niños y niñas en la realidad les es negada.

Y el ejemplo lo tengo a unos pasos, justo al lado de donde vive este muchacho que aquí escribe.

Mi vecina es una maestra de primaria, tiene dos nenas, una ya va a preescolar, la más pequeña se queda en su casa y la cuida una empleada.

Cuando le pregunté cuántos años tiene la chica que cuida a la nena de 1 año, me dijo que 16 y que la chica venía del interior del país.

Pensando en la vocación educativa de la vecina, le pregunté si la muchacha estaba estudiando por las tardes a cambio de cuidar a su hija por las mañanas.

Me dijo que no, es triste, pero si yo le hubiera preguntado a la vecina si ella permitiría que una de sus sus hijas dejara la escuela para atender a los niños de otro, siendo menores de edad, me hubiera respondido que no.

Pero a ella no le importa en nada la situación académica de su empleada, pues ella tiene lo que quiere, labores domésticas a costa de la educación de la muchachita y es cierto tal vez en su pueblo tampoco iría a la escuela, pero se supone que al venir a trabajar a la capital, lo hace en aras de alcanzar un nivel de vida mejor, no digo calidad de vida, pues ya vimos que eso no se va a dar, al menos no con quien trabaja ahora.

Esta realidad lamentablemente se repite por cientos y miles a lo largo del país, son niñas que se ven obligadas a trabajar y se les niega una educación.

Así, lo que se hace es hipotecar el futuro de la nación, piensen ustedes cada joven a la que se le niega el derecho a ir a la escuela es una persona en la que se está desperdiciando su potencial sus habilidades para estudiar una carrera técnica o profesional que puede contribuir al desarrollo del país.

Negar la educación a estas generaciones que hoy tienen entre 13 y 16 años es malgastar el bono demográfico del país, es alejarlos del sentido de pertenencia a una nación y va generando un resentimiento social que en un momento u otro puede encontrar cause en diferentes manifestaciones que contribuyen a la descomposición social, como el uso de drogas, la explotación en redes de prostitución, o bien son reclutados por grupos guerrilleros o por bandas de delincuencia organizada.

Estos grupos, aunque la motivación sea equivocada, ofrecen a aquellos a los que la propia sociedad y “gente de bien” ha negado un lugar, la posibilidad de sentir que pertenecen a un conjunto social y no dudan en desquitar el rencor que sienten contra aquellos que los desecharon.

Pero la corta visión de la clase política no ve esta situación, ellos prefieren colocar a sus allegados en puestos en donde no tengan que trabajar, pero sí operar cuando ellos necesiten el voto prebendario y útil que ellos necesitan para seguir viviendo a las costillas del Estado y la nación, sin hacer algo útil por el país y sin representación popular real.

Es curioso ellos compran el voto que condena a esas personas a la pobreza y al atraso y se sigue permitiendo y consintiendo esa situación.

Mientras tanto los índices de competitividad, inseguridad y atraso del país son notables, uno desciende y los otros se incrementan.

Eso nos hace poco atractivos para las inversiones por no tener personal capacitado, pero los que deben autorizar las inversiones piensan primero en el monto vía corrupción que cobrarán para otorgar los permisos de instalación antes que en capacitar a los que pueden trabajar en esas empresas que se instalarán, si llegan a hacerlo.

Es una pena que esos niños y niñas no puedan alzar la mano como Bart Simpson y equivocarse tres veces o más, porque ellos viven una realidad, Bart una ficción y en este caso, la ficción es a todas luces mejor que lo real.

Miguel Torres Velázquez



tovemi@gmail.com



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