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04 de Mayo, 2012 | Desde mi biblioteca

Arlequín en sus treinta años con el enemigo del pueblo: Obra esencial sobre la corrupción política y mediática

Era una tarde lluviosa en la Asunción de tres décadas atrás. José Luís Ardissone recorría las calles del barrio de Villa Morra, zona todavía con predominio residencial, lejos de lo que es hoy como centro comercial, buscando un local para abrir una sala de teatro. A cualquiera le sonaría raro. Las salas de entonces se concentraban en el centro histórico y sus cercanías. ¿Un teatro en Villa Morra?

Podía parecer una quimera. Pero no para José Luís. En medio de ese periplo, se fija en un local abandonado en la esquina de Quesada y Charles De Gaulle. Allí funcionó durante muchos años una discoteca de moda, Olaff. En esos primeros meses de 1982 era un espacio sin uso alguno. José Luís recuerda que se encontró con unos nidos de palomas. Es una de las esquinas del Shopping Villa Morra, de la familia Piccolo. Ese era el único Shopping entonces y muy pequeño. Llegó a un acuerdo con esa familia y un 3 de mayo de 1982 se inauguraba en esa esquina el teatro Arlequín.

Ha sido una tarea heroica, en un país sin apoyos reales a la cultura y asediado cada vez más por la invasión del universo acelerado e inmediatista de la era audiovisual, de internet y de las redes sociales, no solamente mantener el teatro, sino crear una Fundación con el mismo nombre y llegar con sus obras a colegios de todo el país, además de al público habitual de teatro.

 

Arlequín muestra que la calidad va más allá de las prisas del instante, que lo bueno perfora los límites del tiempo. Por eso ha sido excelente la elección de la obra estrenada el viernes  4 en conmemoración de este aniversario, El enemigo del pueblo( 1882), del dramaturgo noruego Henrik Ibsen( 1828-1906).

 

Se la puede ver en el local actual de Arlequín en Antequera 1061 bajo la dirección de Arturo Fleitas, escenografía de José Luís Ardissone, vestuario a cargo de Alejandra Ardissone y la participación de Pablo Ardissone, Gustavo Ilutovich, Juan Carlos Moreno, Alejandra Ardissone, Beto Ayala, Derlis Esquivel, Augusto Toranzos, Marcelo Hernáez y Julieta Portillo.

 

Es una descarnada disección de la corrupción política, de los intereses empresariales que se colocan por encima de la salud de una población y de la prensa vendida a esos intereses. No es difícil entender la absoluta actualidad de esta pieza teatral en el siglo veintiuno donde ese entramado de factores en tantas ocasiones sigue aliado disfrazando sus apetitos en nombre del bien común.

 

El argumento gira en torno a un balneario muy concurrido. Un médico con principios morales sólidos, el Dr. Thomas Stockman descubre que las aguas de ese balneario, que es fuente importante de ingresos económicos para la localidad, están contaminadas. La salud de la población es la que corre riesgos.  Lo que este médico descubre es un foco infeccioso a partir de una bacteria.

 

Decide advertir sobre este peligro sanitario. Es entonces cuando se convierte en el enemigo del pueblo: el alcalde, que justamente  es su hermano, los empresarios del lugar, los medios de comunicación interesados también en ocultar el hecho por sus conexiones con el poder local y sus propios intereses como empresas periodísticas favorecidas por la masiva afluencia de público se ponen en contra de las advertencia del Dr. Sotckman y lo tratan de traidor al pueblo y mentiroso.

 

Es un ejemplo más de lo que les pasa a quienes dicen lo que los demás, a  veces la mayoría, no quiere oir.  Más allá de los discursos, por debajo de la realidad aparente, la codicia, la ambición desmedida y el desprecio hacia el bien común están hoy tan vigentes como cuando Ibsen escribió esta obra maestra.

 

El teatro de Ibsen estuvo siempre caracterizado por el fuerte contenido social. Es un clásico su Casa de Muñecas (1879) donde el célebre personaje de Nora da el portazo final a su marido cansada de la sumisión o Espectros (1881) donde una mujer, siguiendo los dictados de la doble moral y deun pastor religioso se mantiene al lado de su marido sólo para cubrir las apariencias y seguir sosteniendo la imagen respetable que la sociedad tiene de ese hombre, que así al mantener unido a su familia puede disimular sus corrupciones  y vicios.

 

Arlequín, en sus treinta años, sigue mostrando que más allá de la banalidad, la superficialidad  y el analfabetismo funcional de tanta gente que aunque tenga títulos universitarios malvive en la mediocridad más rampante, es posible continuar abriendo caminos hacia lo mejor del ser humano, la sensibilidad artística.

 

 

Carlos Martini

Sociólogo y periodista.

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