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16 de Septiembre, 2011 | Desde mi biblioteca

Aguas turbulentas: De la culpa la redención

Había sido condenado por el asesinato de un niño, cuyo cuerpo jamás fue encontrado. En su defensa, Jan Thomas argumentó que fue un accidente. Al cumplir las dos terceras partes de su pena queda en libertad. Es organista. Busca trabajo en una iglesia protestante. Es contratado. Ejecuta con pasión el instrumento y, probablemente con toda la carga del dolor acumulado. Conoce a Anna, la mujer sacerdote de esa iglesia, la cual es madre soltera de un niño con el cual Jan traba una intensa relación de afectos.

Transcurre en Oslo. Va surgiendo el amor entre un hombre con un pasado terrible y Anna. El sabe muy bien como murió aquel niño y eso se revelará solamente en el impactante final. Sólo que la madre del niño muerto, lo reconoce en un supermercado. Y esta mujer que jamás superó aquella tragedia, de la cual ella se siente en parte culpable, inicia una implacable persecución a  Jan Thomas. Quiere saber lo que realmente paso.

Lo anterior se corresponde a la película Aguas Turbulentas, coproducción de Noruega, Suecia y Alemania, dirigida en el 2009 por Erik Poppe. Es una de las más conmovedoras y excelentes películas de las que vimos hasta el momento en el Vigésimo Festival Internacional de Cine que como todos los años se lleva a cabo en el cine Villa Morra. 

El psicoanálisis se refiere a la angustia existencial como constitutiva de la condición humana. Ese sentimiento se exacerba en momentos de hondas crisis existenciales como la expuesta en Aguas Turbulentas.

  Anna, profundamente comprometida con su fe religiosa, ante una interpelación de Jan sobre cómo es que un Dios bondadoso puede permitir tanto mal, y le estaba hablando de la muerte de ese niño por el cual él había sido condenado, no le ofrece la salida rápida del libre albedrío sino que le dice honestamente  que piensa que Dios ofrece respuestas a casi todo: en ese casi está la clave.  Aún con la fe en la trascendencia quedan preguntas sobre el sufrimiento de inocentes que permanecen en el territorio de los enigmas.

El perdón, el arrepentimiento, la culpa, la redención, el amor como bálsamo, las nuevas oportunidades más allá de las catástrofes personales cruzan como ejes temáticos centrales todo el film.

Mención aparte merece la torturada madre del niño muerto y su obsesiva búsqueda de Jan, primero aparentemente para no dejarlo en paz, pero luego, en realidad para saber qué pasó realmente aquella mañana fatídica en que ella dejó al pequeño en su cuna a la entrada de una cafetería para entrar y comprarse una taza de chocolate. Cuando salió el pequeño ya no estaba

El final, cara a cara entre Jan y la mamá es de antología del mejor cine en las palabras, las expresiones, las miradas entre los dos justamente en el lugar donde se supone que le mataron a su hijo. Ella necesitaba saber  la verdad para disculparse ella misma también. Y esa verdad fue más que dolorosa cuando Jan le cuenta la verdad de lo ocurrido. El también necesitaba personarse a sí mismo.

Aguas Turbulentas es una acabada exposición del cine que todavía cree en historias humanas, en nuestras miserias y grandezas, en nuestros lados, luminosos a veces, oscuros en demasiadas ocasiones.

Frágiles y limitados, seres humanos al fin.

 

Carlos  Martini

Sociólogo. Periodista. Docente.

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