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20 de Marzo, 2012 | Caminito al costado del mundo

Éramos felices y no lo sabíamos

Antes era todo mucho más fácil. Se simplificaba la vida en la dictadura stronista porque no había posibilidad de pensar diferente. Entonces, como una corriente única se imponía, lo más sencillo era acomodarse a los paradigmas de aquel tiempo y seguirlos. Algún error en sentido contrario se pagaba con la muerte, no sin antes algunas advertencias híper dolorosas en forma de torturas violentas, que buscaban aplacar el espíritu rebelde que habita en cada una de las personas.

Con la caída de la dictadura el panorama se volvió un poco más confuso. Desde la foto en la que solamente faltaban Stroessner y sus principales colaboradores, hasta la lucha sangrienta entre colorados por mantener el poder. En la ANR se hacía y deshacía todo, se mató a un Vicepresidente, se robaron urnas, se violentó la voluntad popular. Todo esto bajo la excusa perfecta, la unidad granítica del coloradismo, sin que importen varios revolcones en la tumba de Bernardino Caballero, en cuyo homenaje se cometieron todas las barrabasadas posibles. En esta coyuntura, todo era más fácil. Si había una perversión política, electoral o de cualquier tipo, los únicos responsables de esta conducta eran los malditos colorados, la peor raza de la humanidad. El resto, los entonces opositores, se erigían como la reserva moral y de praxis impoluta en nuestro país.

Como quien no quiere la cosa, hace unos años apareció un ex obispo de San Pedro que cambió el panorama de la sociedad paraguaya. En abril de 2008 hizo lo que parecía imposible, vencer a la ANR a través de los votos. Por primera vez en la historia del país hubo un cambio de signo político sin balas ni revolución de por medio. Esa situación tomó por sorpresa a varios que no supieron entender esta variación y quedaron al descubierto, desnudos exhibiendo todas sus limitaciones.

Todo era más sencillo antes, porque de los vicios, de los errores y de las actuaciones torcidas; se le echaba la culpa al Partido Colorado, como si fuesen los dueños absolutos de las inmoralidades. Se planteaba un esquema en el que los buenos estaban de un lado y los malos del otro. El gran cambio que produjo la alternancia, con Fernando Lugo a la cabeza, fue demostrar que en lugar de blancos y negros, en la sociedad paraguaya en realidad somos grises.

Basta con mirar la movilización que se realiza en un ambiente que está totalmente desvinculado, al menos en teoría, de la política partidaria, las cooperativas. En las últimas elecciones que se realizaron en las mismas uno puede observar todas estas prácticas que se pensaban eran patrimonio exclusivo de los colorados. Las promesas increíbles, los móviles para arrear a los votantes, la sugerencia para apoyar una lista por el simple hecho de ser amigos, el esquema electoral montado alrededor de cada lista interna; demuestra que estos vicios trascienden las barreras partidarias.

El mismo esquema uno puede observar en los Centros de Estudiantes de colegios y universidades. Grupos que hacen todo tipo de malabares, prometiendo favores a cambio de la “confianza” de los alumnos. Aportar ideas y esquemas serios de trabajo es una cuestión sin importancia. Las comisiones vecinales, los sindicatos, las propias organizaciones de ciudadanos y ONG no escapan a esta práctica en donde se confirma, que había sido nomás luego somos todos iguales, como los malvados que anteriormente monopolizaron el poder.

Después de mucho puedo comenzar a comprender ese refrán que reza “Éramos felices y no lo sabíamos”. La verdad que de a poco le voy dando otro significado, porque malos y perversos estamos en todas partes. Era tan fácil sacar carnet de impoluto, y ponerse al otro lado del mostrador. Resulta que ahora, tenemos que esforzarnos para eliminar estas etiquetas sociales y demostrar lo que realmente uno vale para conseguir reputación. Aunque finalmente, nunca hay que dejar de recordar que este puede ser un esfuerzo vano, porque en Paraguay ni se gana ni se pierde prestigio.

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