30 de Junio, 2010 | La Verdad de la Milanesa de Berenjena
La Falacia de Papá Noel
Juancito tiene 5 años. Se portó bien durante todo el año esperando que Papá Noel le traiga de regalo lo que él le pidió en la cartita que escribió con temblorosa letra. Sus padres lo miran sonrientes mientras el se va a dormir. A la mañana siguiente encuentra bajo el árbol el autito a control y la pelota. Juancito es feliz.
Juancito creció y ahora es Juan.
Juan tiene 9 años. Sigue creyendo en Papá Noel. Su papá está desesperado porque su hijo sigue creyendo en Papá Noel. Su mamá lo defiende públicamente pero a escondidas llora. Sus compañeritos de clase creen que es un pelotudo.
Recién estamos a mitad de Julio y este artículo puede parecer atemporal. Pero si quien lee estas líneas es padre puede estar a tiempo de rectificar rumbos y si no lo es, pues bueno, puede evitar caer en un error enorme. Se tiene que acabar de una buena vez por todas la falacia de Papá Noel.
Todas las personas con las que he hablado de este tema me dicen que hacen creer a sus hijos/sobrinos/nietos, etc. en Papá Noel porque “es lindo” y porque “fomenta la imaginación”. Antes que nada no se como una mentira tan descarada como la de hacer creer a un niño que un viejo voyeurista que vive en el Polo Norte y que está mirando las 24 horas del día lo que hace cada niño del planeta puede ser algo “lindo”.
A mi me parece extremadamente tenebroso inclusive. Y el argumento del fomento de la imaginación es bastante discutible, cuando menos, ya que enseñarle a un chico que este señor que extrañamente está vestido para un clima que no corresponde a nuestro caluroso Diciembre recorre en trineo las casas de todos los chicos del mundo para dejar exactamente el regalo que pidieron no me parece correcto en lo más mínimo. Si el deseo de los padres es que su hijo fomente su imaginación nada mejor que regalarle una buena colección de libros de ciencia ficción. Los libros son las puertas de acceso a una serie de mundos fantásticos que harán que el chico ejercite su poder de análisis, su capacidad de imaginación y el sentido de la lógica. Todo esto en un envase que dice explícitamente ser producto de la ficción. Que no se vende como una verdad, ni siquiera una temporal.
El verdadero problema con la falacia de Papá Noel es estrictamente moral. Los padres expresamente están mintiendo a sus hijos, corrompiendo sus mentes desde la edad más temprana, haciéndoles creer que este personaje existe. Y como bien lo ha dejado en claro Sam Harris en su libro “El Fin de la Fe” son nuestras creencias las que definen nuestra visión real del mundo. Es inmoral modificar la visión del mundo de una pequeña persona de esa manera.
Ese chico cree, es decir su visión del mundo es esa, que si se hace todo lo que sus padres le dicen se verá recompensado por una fuerza omnipotente. La realidad es cruel, la realidad es que Papá Noel no existe y que el chico se va a enterar de eso en algún momento de su, por entonces, corta vida. La manera en que la realidad va a ser su entrada en la vida de esta personita es, usualmente, a través de métodos muy poco ortodoxos. La ternura con la que los padres explican a sus hijos la existencia de Papá Noel casi nunca aparece a la hora en que los mismos descubren que, oh sorpresa!, Papá Noel no existe. Es siempre el primito mayor, el vecinito de al lado o una conversación en el recreo la que de un tortazo tira la fantasía del chico al suelo. Y eso es inmoral. Como vimos más arriba, un niño de cinco años creyendo en Papá Noel es tierno, uno de diez creyendo es un candidato a la carrera vaketa diaria del recreo.
Con que autoridad moral un padre puede reprender a su hijo por haber dicho una mentira siendo que éste fue el primero en mentirle al corromper su mente con una falacia de tal tamaño. Pasamos por alto el valor de la verdad y concedemos a las “mentiras piadosas” mucho más de lo que se merecen. Como padres somos guardianes de las mentes de nuestros hijos hasta que ellos puedan cuidárselas por si mismos. Plantar ideas anacrónicas e ilógicas en sus mentes es un verdadero acto de mala fe. Lo curioso del caso es que la gente parece no saber lo que está haciendo cuando inyecta estructuras mentales de este tipo en la cosmovisión de los chicos. Enseñarles a creer en seres superiores que todo lo ven y todo lo saben no es nada más allanar el camino para que lo ilógico, lo carente de evidencias y el sin sentido se hagan de un espacio en sus mentes más adelante.
Entregar ficciones por realidad es perverso y es una práctica que se debe parar. Se debe dar a la verdad el espacio superior que se merece, se debe premiar la búsqueda de evidencias y desalentar el dogmatismo ciego. Y la mejor manera de hacer eso es no ensuciando con mentiras la visión del mundo de los niños. La imaginación se puede fomentar desde la literatura, desde las charlas con contenido y hasta con videojuegos didácticos. La falacia de Papá Noel puede ser que haga felices a los chicos por un tiempo, pero el choque con la realidad es siempre cruel. Es hora de terminar con esto.
La verdad es amarga, pero alimenta, como una milanesa de berenjena.
Le pese a quien le pese.
Juancito creció y ahora es Juan.
Juan tiene 9 años. Sigue creyendo en Papá Noel. Su papá está desesperado porque su hijo sigue creyendo en Papá Noel. Su mamá lo defiende públicamente pero a escondidas llora. Sus compañeritos de clase creen que es un pelotudo.
Recién estamos a mitad de Julio y este artículo puede parecer atemporal. Pero si quien lee estas líneas es padre puede estar a tiempo de rectificar rumbos y si no lo es, pues bueno, puede evitar caer en un error enorme. Se tiene que acabar de una buena vez por todas la falacia de Papá Noel.
Todas las personas con las que he hablado de este tema me dicen que hacen creer a sus hijos/sobrinos/nietos, etc. en Papá Noel porque “es lindo” y porque “fomenta la imaginación”. Antes que nada no se como una mentira tan descarada como la de hacer creer a un niño que un viejo voyeurista que vive en el Polo Norte y que está mirando las 24 horas del día lo que hace cada niño del planeta puede ser algo “lindo”.
A mi me parece extremadamente tenebroso inclusive. Y el argumento del fomento de la imaginación es bastante discutible, cuando menos, ya que enseñarle a un chico que este señor que extrañamente está vestido para un clima que no corresponde a nuestro caluroso Diciembre recorre en trineo las casas de todos los chicos del mundo para dejar exactamente el regalo que pidieron no me parece correcto en lo más mínimo. Si el deseo de los padres es que su hijo fomente su imaginación nada mejor que regalarle una buena colección de libros de ciencia ficción. Los libros son las puertas de acceso a una serie de mundos fantásticos que harán que el chico ejercite su poder de análisis, su capacidad de imaginación y el sentido de la lógica. Todo esto en un envase que dice explícitamente ser producto de la ficción. Que no se vende como una verdad, ni siquiera una temporal.
El verdadero problema con la falacia de Papá Noel es estrictamente moral. Los padres expresamente están mintiendo a sus hijos, corrompiendo sus mentes desde la edad más temprana, haciéndoles creer que este personaje existe. Y como bien lo ha dejado en claro Sam Harris en su libro “El Fin de la Fe” son nuestras creencias las que definen nuestra visión real del mundo. Es inmoral modificar la visión del mundo de una pequeña persona de esa manera.
Ese chico cree, es decir su visión del mundo es esa, que si se hace todo lo que sus padres le dicen se verá recompensado por una fuerza omnipotente. La realidad es cruel, la realidad es que Papá Noel no existe y que el chico se va a enterar de eso en algún momento de su, por entonces, corta vida. La manera en que la realidad va a ser su entrada en la vida de esta personita es, usualmente, a través de métodos muy poco ortodoxos. La ternura con la que los padres explican a sus hijos la existencia de Papá Noel casi nunca aparece a la hora en que los mismos descubren que, oh sorpresa!, Papá Noel no existe. Es siempre el primito mayor, el vecinito de al lado o una conversación en el recreo la que de un tortazo tira la fantasía del chico al suelo. Y eso es inmoral. Como vimos más arriba, un niño de cinco años creyendo en Papá Noel es tierno, uno de diez creyendo es un candidato a la carrera vaketa diaria del recreo.
Con que autoridad moral un padre puede reprender a su hijo por haber dicho una mentira siendo que éste fue el primero en mentirle al corromper su mente con una falacia de tal tamaño. Pasamos por alto el valor de la verdad y concedemos a las “mentiras piadosas” mucho más de lo que se merecen. Como padres somos guardianes de las mentes de nuestros hijos hasta que ellos puedan cuidárselas por si mismos. Plantar ideas anacrónicas e ilógicas en sus mentes es un verdadero acto de mala fe. Lo curioso del caso es que la gente parece no saber lo que está haciendo cuando inyecta estructuras mentales de este tipo en la cosmovisión de los chicos. Enseñarles a creer en seres superiores que todo lo ven y todo lo saben no es nada más allanar el camino para que lo ilógico, lo carente de evidencias y el sin sentido se hagan de un espacio en sus mentes más adelante.
Entregar ficciones por realidad es perverso y es una práctica que se debe parar. Se debe dar a la verdad el espacio superior que se merece, se debe premiar la búsqueda de evidencias y desalentar el dogmatismo ciego. Y la mejor manera de hacer eso es no ensuciando con mentiras la visión del mundo de los niños. La imaginación se puede fomentar desde la literatura, desde las charlas con contenido y hasta con videojuegos didácticos. La falacia de Papá Noel puede ser que haga felices a los chicos por un tiempo, pero el choque con la realidad es siempre cruel. Es hora de terminar con esto.
La verdad es amarga, pero alimenta, como una milanesa de berenjena.
Le pese a quien le pese.
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